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29 Junio 2009
“Seamos con nuestras vidas como arqueros que apuntan a un blanco” Aristóteles, Ética a Nicómaco, Lib. I, Cap. I.
Tres palabras, de uso frecuente en la cultura de la salud, son claves en el título de esta semana: envejecer, el verbo que define el proceso de deterioro biológico que se desarrolla en la vejez, el bienestar, nombre que define, de manera muy explícita por sus dos componentes, la sensación de salud, en su triple dimensión, física, mental y social, y la longevidad, como cualidad de longevo, es decir, persona de larga vida. Y, entre las tres palabras claves, como nexo de unión entre la primera y las dos últimas, la palabra propósito (del latín, proposĭtum, y ésta derivada del verbo propono, con el significado de “poner por delante” o “establecer de antemano”), definida por el DRAE, en primera acepción, como “ánimo o intención de hacer o de no hacer algo” y, en segunda, como “objeto, mira, cosa que se pretende conseguir”. Todo propósito puede ser, en principio, positivo o negativo para quien lo alienta, y para quien pueda ser el objetivo de su acción. La reflexión de esta semana gira alrededor del propósito, como blanco elegido para ser alcanzado, decisión que, según la metáfora aristotélica, exige un esfuerzo parecido al del arquero que tensa el duro arco de madera de tejo; en suma, del propósito como un proyecto vital positivo, que se realiza con entusiasmo y dedicación. Una reflexión estimulada por la lectura de un artículo de la revista Psychosomatic Medicine del mes de Junio del 2009, cuyo objetivo ha sido evaluar, en personas ancianas, la asociación entre vivir la vida con propósito (“life purpose”) y la mortalidad en estas personas. Los autores, del Departamento de Ciencias de la conducta del Rush University Medical Center, en Chicago, concluyen que el propósito de vivir una vida positiva (evaluado mediante una escala numérica) favorece la longevidad, y contribuye a vivir una ancianidad con mayor bienestar y calidad de vida: si un anciano encuentra un propósito positivo para vivir, si considera que su vida tiene sentido y que está orientada hacia un objetivo, probablemente vivirá más y mejor. La idea de vivir la vida con propósito (“purpose in life”) tiene sus raíces más cercanas en los textos del neurólogo y psiquiatra Victor Frankl, quien, durante sus durísimas experiencias en campos de concentración nazis observó que, incluso en las situaciones más adversas, es posible dar a la vida un sentido y un propósito que ayuden a mantener un cierto bienestar psicobiológico. Sin embargo, no cabe duda que la concepción de la vida como propósito, como esforzada actitud para alcanzar un blanco, como dirección hacia un objetivo, está ya expresada, de forma admirable, en el bello texto de Aristóteles, en el libro I, Capítulo I de su Ética Nicomáquea, el mismo texto escogido por José Ortega y Gasset para iniciar sus ensayos recogidos bajo el título El Espectador-II. También es obvio que la necesidad de diseñar y acometer propósitos para vivir, con la mayor plenitud posible, una vida personal, es válida no sólo para la vejez, sino también para las otras edades de la vida. Carol D. Ryff, del Instituto sobre el envejecimiento (“Institute on Aging”), de la Universidad de Wisconsin-Madison, distingue dos tipos de bienestar (2004): Un bienestar relacionado con la eudaimonía (“eudaimonic well-being”), palabra griega traducida como felicidad, y que, en realidad, se refiere etimológicamente al bienestar logrado mediante el máximo desarrollo de las potenciales capacidades personales con las que los seres humanos vienen al mundo, representadas en su daimón, “un duende que otorgaba caprichosamente sus dones a los mortales” (Emilio Lledó, en la Introducción a Aristóteles. Ética Nicomáquea.Ética Eudemia, Ed. Gredos, 1985). Un bienestar relacionado, por lo tanto, con la plena realización de las capacidades personales. Y, por otra parte, un bienestar hedonista, relacionado con la hedoné, palabra griega traducida como placer, mediante la satisfacción de las pasiones humanas (“hedonic well-being”). ¿Qué tipo de bienestar podría conseguirse en la edad de la vejez, cuando se “nos aparta de los negocios” (Cicerón), y se corre el riesgo de “quedar atrapado en el territorio de la pasividad”, con un “progresivo acortamiento de la amplitud de la mirada”? Parece lógico que, dadas las circunstancias, deba predominar el bienestar basado en la plena realización personal, siempre que haya sido posible diseñar, a su tiempo, un propósito gratificante para estas edades de la vida. Porque la búsqueda de un propósito atractivo para vivir, al menos con un discreto bienestar, los últimos años de la vida, no puede hacerse a última hora, cuando se acerca el momento de “apartarse de los negocios”, de la noche a la mañana. Necesita bastante tiempo y meditación. ¿Qué haré cuanto “no tenga nada que hacer?: ¿continuar con el cultivo de las capacidades personales desarrolladas a lo largo de la vida, compatibles con la vejez, potenciar capacidades hasta entonces silenciadas, o ambas cosas? En todo caso, mantener la capacidad creativa y sentirse útil para los demás, constituyen el mejor camino para “estar bien” en la vejez. El azar ha querido que, a punto de cerrar la escritura de estas reflexiones, me cruzara en la calle con una pareja que fueron agradables vecinos en mi antiguo domicilio: ella una anciana de caminar seguro, de aspecto impecable, con palabra lúcida y alegre expresión, mientras que su pareja -después supe que era su yerno- me dice, señalándola: dentro de unos días celebraremos que mi suegra cumplirá cien años. En ese momento no creí que fuera necesario preguntarle si estaba viviendo con propósito el largo tramo final de su cumplida y afortunada vida. Autor: Profesor Cristóbal Pera Blog de Salud / Saludlandia.com
22 Junio 2009
“La migraine elle aussi caresse certains de mes journées” Roland Barthes
La palabra castellana migraña (derivada de la latina, hemicranĭa, y ésta de la griega, ἡμικρανία, a través de la francesa migraine), con el significado etimológico estricto de “mitad del cráneo”, evoca, en primera instancia, a una enfermedad potencialmente crónica, que afecta al 12% de la población general en Europa y Estados Unidos, caracterizada por repetidas e imprevisibles crisis de dolor de cabeza; un dolor pulsátil, con frecuencia unilateral, y que puede llegar a ser muy intenso, precedido, o no, de síntomas premonitorios, visuales y sensitivos, conocidos como el aura de la migraña, en medio de una exacerbada sensibilidad a la luz y al sonido. En todo caso, la migraña es bastante más que un dolor de cabeza, como escribió Roland Barthes, todo un experto sufridor de migrañas, en un breve texto en el que, tras confiarnos que “tiene la costumbre de decir migraña (“migraine”) en lugar de dolor de cabeza (“maux de tête”), quizá porque la palabra es bella” –apreciación con la que coincidimos- afirma que “se trata de un nombre impropio ya que no es solamente una mitad de mi cabeza la que sufre” (Roland Barthes par Roland Barthes, Seuil, 1975). En lengua castellana, además de migraña, y de su precedente etimológico hemicránea, se cuenta con la alternativa de la palabra jaqueca (derivada, según Joan Corominas, de la antigua axaqueca y ésta del árabe sagiqa, con el significado de “mitad o lado de la cabeza”). Una palabra, la migraña, que forma parte, también, de las mitologías literarias y pictóricas, propiciadas por la creencia de que las transitorias modificaciones que la enfermedad provoca en el cerebro durante las crisis, podrían influir en la visión del mundo de los que la padecen y en sus creaciones literarias y pictóricas (Freud, Nietzsche, Lewis Carroll, André Gide, Emily Dickinson, Virginia Woolf, Roland Barthes, Paul Valery, y Giorgio De Chirico, el pintor del "arte emicranica", entre otros muchos). Una palabra que sacamos hoy a colación, en el espacio de este blog, no sólo por el interés, para la salud y la cultura que la migraña suscita, acentuado por una larga convivencia personal, sino también por una extensa revisión, recién publicada en la revista The Lancet , bajo el título ”Advanced neuroimaging of migraine” (Técnicas avanzadas en la obtención de imágenes cerebrales de la migraña). ¿Cómo se desencadena la crisis de migraña? ¿Dónde asientan, y en que qué consisten, las modificaciones transitorias, estructurales y funcionales, del sistema nervioso central que condicionan, no sólo las episódicas crisis dolorosas, sino el aura que a veces la precede, con sus trastornos visuales y sensitivos, y con todo el cortejo sintomático de matiz neurovegetativo? ¿Dejan huellas en el cerebro las repetidas crisis de migraña? La revisión publicada en la revista The Lancet del mes de Junio, por miembros de los departamentos de Neurología de la Washington University, en St Louis, Missouri, y de la Mayo Clinic, en Phoenix, Arizona, resume los últimos avances alcanzados en la comprensión de las alteraciones de la fisiología cerebral que conducen a las repetidas crisis de migraña, gracias a la utilización de las técnicas más avanzadas para el diagnóstico anatómico y funcional mediante imágenes. En realidad, mediante dichas técnicas, lo que se ha conseguido es aplicar la mirada tecnológica, como incisivo complemento de la mirada clínica, hasta lograr la conversión incruenta de unos “cerebros ocultos”, en plena crisis de migraña, en “cerebros transparentes”, y visualizar las íntimas secuencias de esta crisis. Lo que no resulta nada fácil de conseguir, dado el carácter imprevisible de las crisis de migraña y la complejidad de la tecnología diagnóstica utilizada. La conclusión del artículo es que las nuevas técnicas que permiten observar al cerebro en pleno funcionamiento están permitiendo comprender cuáles son las alteraciones de la fisiología cerebral que condicionan las crisis de migraña. A partir de estos hallazgos, la migraña ya no puede ser considerada como un trastorno vascular, ni tan siquiera como un trastorno neurovascular, sino como una enfermedad cerebral, hasta ahora diagnosticada con poca precisión, e insuficientemente tratada. En esta nueva concepción de la migraña juega un papel clave la identificación en el ser humano, al inicio de la migraña con aura, de una fase de depresión cortical que avanza lentamente (Cortical Spreading Depression o CSD), sobre todo por el lóbulo occipital, y que posiblemente también ocurriría en la migraña sin aura; ésta depresión cortical se interpreta actualmente como la alteración que ocurre al inicio de ambos subtipos de migraña, responsable del aura y del desencadenamiento de la crisis. El concomitante descenso del umbral neuronal para los estímulos dolorosos, fenómeno conocido como sensibilización central, contribuiría a acentuar el dolor. La nueva concepción de la migraña como enfermedad crónica que puede dejar huellas cerebrales se apoya en el hallazgo, en algunos pacientes con migraña de larga evolución, de alteraciones en la estructura y la función cerebral, lo que hace suponer que las crisis repetidas pueden tener un efecto acumulativo sobre el cerebro. En resumen, la concepción de la migraña ha evolucionado desde un trastorno neurovascular que provoca crisis repetidas de cefalea intensa, acompañadas de manifestaciones peculiares, como el aura, a ser considerada como una enfermedad cerebral, potencialmente crónica, que puede alterar, a la larga, todos los aspectos de la vida personal. Porque, aunque los efectos finales de las crisis de migraña no sean catastróficos, pueden ser lo suficientemente penosos como para deteriorar la calidad de vida de la persona que las sufre en sus años más productivos. Todo sucede, metafóricamente, como si en la migraña ocurrieran, de vez en cuando, variaciones, poco afortunadas, en esa extraña y complejísima danza que es la actividad cerebral normal, en la que intervienen múltiples factores, conocidos y por conocer: actividad bioeléctrica neuronal, activación del nervio trigémino y de sus terminaciones nerviosas en las paredes de los vasos, dilatación y contracción de éstos, liberación de neurotransmisores, y activación de receptores neuronales. Limitado es el cerebro, en el espacio y en el tiempo, pero inmensas son sus potenciales funciones y, también, sus posibles disfunciones, como la migraña. Como nos dice Emily Dickinson, que tan bien conocía, de primera mano, a la migraña, a la que calificó de “funeral en mi cerebro”: El cerebro- es más amplio que el cielo- Colócalos juntos- Contendrá el uno al otro Holgadamente-y tú- también- El cerebro es más hondo que el mar- Retenlos- azul contra azul- Absorberá el uno al otro- Como la esponja- al balde- El cerebro es el mismo peso de Dios- Pésalos libra por libra- Se diferenciarán – si se pueden diferenciar- como la sílaba del sonido- (Emily Dickinson, Poemas, Selección y traducción de Silvina Ocampo, Prólogo de Jorge Luis Borges, Tusquets Editores, 1988). Autor: Profesor Cristóbal Pera Blog de Salud / Saludlandia.com
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